Mi nombre es Carlos y soy minero. Trabajo donde nadie me ve y a nadie veo.
La mitad del día vivo en la oscuridad, siempre y cuando no me toque turno mañana.
El trabajo del minero es duro. No es como la gente cree. Un techo de tierra me separa de mi familia. A 1500m por debajo de la superficie es imposible vernos a los ojos. Las maquinarias con las que trabajamos son muy riesgosas y escuchar piedras desprenderse de las paredes todavía me genera escalofríos, aunque lleve 20 años.
Varias veces el auto-rescate me sirvió en situación de derrumbe para salir con vida.
El carbón te penetra el cuerpo y sobretodo el alma.
Pero ser minero es un orgullo. Trabajo en mi sureño suelo. Saber que mi trabajo es necesario para que mi pueblo crezca día a día me genera una satisfacción muy grande.
Allí abajo somos una familia, nos cuidamos entre todos… los más jóvenes son hijos para mí. Les cocino y los contengo, siempre reviso que lleven el auto-rescate cargado.
Siempre quise ser minero, porque ser minero donde vivo es una honra.
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