En el preciso momento que decidí fluir frente a la estética de las cosas descubrí la libertad.
Fue aquel momento en que creí que caminaba al horizonte, aquel ocaso, aquella ráfaga que entró por mi ventana. También fue aquella vez que me enamoré, esa vez que me senté a ver el mar.
Es siempre cuando no racionalizo, cuando dejo que las cosas se acomoden como engranajes del alma.
¿Por qué no ver todo como a un paisaje? Simple.
Este texto debería ser así, no más. Como la paz
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