27/4/13

Acostado boca arriba veía las infinitas estrellas del cielo. El pasto, mi colchón, tenía rocío. El viento era fresco y esa noche solo se escuchaban grillos.
Al costado mío apareció un silencioso ser. El "hombre de la tierra" lo llamé en su momento. Era un aborigen que me señalaba un lugar. Confundido giré mi cabeza y vi una montaña. Una montaña que difícilmente se veía su cima.
Lo supe, tenía que escalarla.
Escapé de problemas y ahora busco algo que no sé qué es. Me siento solo.

El suelo estaba frío, en la oscuridad total tanteaba dónde estaba. Algún pie, mano, torso me rozaban. Era lindo sentir suaves las pieles de estas almas. Mi cabeza se bajó al escuchar alguien llorar, inconscientemente mis oídos y mi corazón me llevaron a él. Su cuerpo estaba caído, como una rama torcida de un árbol.
Mi instinto felino me llevó a acariciarlo. ¿Cómo aliviar el dolor de una persona sin hablar? Esa fue mi reacción. -No llores, todo está bien.
No podía curarlo, simplemente no podía....otra vez. Pero iba a probar algo nuevo, junté brazos y las llevé a su cuerpo. -Acaricienlo, por favor. Sanen su dolor.
Fui en busca de más gente. Sentí que todos necesitaban algo. Todos.... yo también
Me encerré en mí....¿Qué pasa? Estoy solo. Quiero alguien que me contenga, necesito sentirme seguro en alguien. No puedo con el dolor de todo, soy yo.

-No estás solo en tu dolor- me dijo una voz
-A veces no puedo sanar el dolor de los demás-
-Hay personas que no se dejan ayudar
-Y qué hago, Gra?
-No queda otra que mantenerse al margen.

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