Sonámbulo en el amanecer, me balanceaba por la calle en el intento de llegar al trabajo. Hoy los guardianes de los edificios estaban como de costumbre limpiando mi camino. Fueron esas primeras gotas de una lluvia precoz las que me despertaron, un pequeño rocío que hacía contacto con mi labios.
Hoy noté que eran demasiados los guardapolvos transeúntes los que se dirigían al colegio. Parecía una pequeña cadena lo que estaba viendo: los colectivos dejaban atrás corredores profesionales enojados por no llegar a tiempo , los mismos llevaban a sus hijos como si fueran almohadas y los niños arrastraban sus mochilas al compás del parpadeo de sus ojos.
Mis pasos iban siguiendo la música que prendía de mis oídos, seres apasionados que me hacían sentir pequeño frente a ellos.
Las lluvias se estiraban y se ensanchaban, se apuraban y se chocaban. Los toldos y balcones me servían de refugio por algunos mili-segundos. Me alegraba saber que gracias a la lluvia el trabajo de hoy sería más liviano.
Hoy me sentía más cansado que de costumbre, los hombros me pesaban. Los vidrios de los edificios y locales me mostraban cuán rota estaba mi mochila.
Pensaba en por qué había elegido esas zapatillas incómodas hoy. Tendría las medias mojadas toda la mañana.
Iba atento a no pisar ningún charco como también a dónde soplaba el viento, pues si deducía de dónde venía, elegiría la vereda que más me resguardase de la lluvia.
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