Un poeta se encontraba sentado bajo la sombra de un roble. Miraba el cielo. Hermosas formas creaban las blancas nubes. Huitlacoches, Cenzontles, y otros pájaros cantores se reunieron para aprovechar de ese bello día.
Se hizo de noche y él permanencia allí, junto a su libreta vacía. Vio como muchas otras noches, las estrellas. Quedó maravillado. Una nueva estrella, era ella la más bella de todas.
-¿Qué tiene? No lo sé- se auto-respondió.
-¿Podré llegar a vivir en ella para toda la eternidad? - pensó.
Tal vez su idea era descabellada, porque no eran preguntas para esa época.
Años y años dedicó el joven a los estudios.Sus conocimientos sobre ingeniería, matemática, astrología, arquitectura eran brillantes
Nunca deseó ser un héroe, ni tampoco hallar nuevas teorías para la humanidad. Únicamente deseaba vivir junto a su bella estrella.
Ya, a los 50 años, llegó a crear una rudimentaria nave. Fue el primero en llegar al Espacio exterior. Pero, no halló forma de llegar a su estrella.
Lamentablemente, ya viejo, enfermó. Tiempo no había. Él sabía que no llegaría nunca a su estrella. Toda su búsqueda no tenía sentido. Toda su vida para nada. Junto a la soledad se moría.
Una tarde, cansado de la oscuridad, decidió salir a pasear por la bella comarca. Su amigo roble lo esperaba.
Al sentarse encontró algo. No podía reaccionar, su aliento no existía.
-Tantos años para esto – río el viejo.
Era la flor más preciosa del mundo. No era un loto, ni tampoco una rosa. Tampoco un jazmín. Una peonia
La cortó y la guardó en su corazón.
Dicen algunos que tras su muerte la estrella desapareció. ¿Acaso llegaron a vivir para toda la eternidad?
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